
En el marco del IV Domingo de Pascua, la Iglesia celebra tradicionalmente el Domingo del Buen Pastor, una jornada profundamente significativa que invita a contemplar a Jesucristo como guía, puerta y fuente de vida para toda la humanidad. En esta ocasión, la reflexión se centra en el Evangelio de san Juan (Jn 10), donde Jesús se presenta como “la puerta” por la cual se accede a la salvación.
Este pasaje nos recuerda que es la misma humanidad pascual de Cristo la que se convierte en acceso al “santuario”, a los bienes de la gracia y a la vida abundante. En Él encontramos el camino que conduce al Padre, un camino abierto por su entrega total, especialmente manifestada en el misterio de la cruz y la resurrección.
Desde esta perspectiva, la figura del Buen Pastor no solo revela el amor personal de Dios por cada uno, sino también su cercanía concreta: Jesús conoce a sus ovejas, las llama por su nombre y camina delante de ellas. No se trata de una relación distante o masiva, sino de un vínculo íntimo, marcado por el cuidado, la búsqueda constante y la misericordia.
San Agustín, en una de sus reflexiones, profundiza esta imagen señalando que el verdadero pastor no abandona a quien se pierde, incluso cuando este no desea ser encontrado. Esta insistencia amorosa refleja el corazón de Dios, que sale al encuentro de cada persona, superando dificultades y resistencias, con tal de ofrecer vida y salvación.
Asimismo, grandes santos como Santa Teresa de Jesús reafirmaron esta verdad al señalar que Cristo es la única puerta de acceso a Dios. Su humanidad es el lugar del encuentro, donde el amor recibido despierta una respuesta de amor: “amor saca amor”, recordaba la santa, invitando a reconocer en Jesús el don más grande recibido del Padre.
La riqueza de las imágenes utilizadas por el Evangelio —pastor, puerta, luz, pan de vida— encuentra su sentido en una afirmación central: Cristo ha venido “para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Esta promesa no solo se refiere a la vida eterna, sino también a una vida plena ya en el presente, alimentada por la Palabra y los sacramentos.
Desde una mirada eclesial, la Iglesia es comprendida como un rebaño guiado por un solo Pastor. En ella, todos están llamados a participar de la misma vida de gracia, viviendo en comunión y alimentándose de la fe. Esta unidad se sostiene gracias a la acción continua de Cristo resucitado, que sigue guiando a su pueblo a través de pastores que hacen presente su amor y servicio.
En este contexto, la Iglesia eleva una oración especial por las vocaciones, reconociendo la necesidad urgente de hombres y mujeres dispuestos a entregar su vida al servicio del Evangelio. Se requieren personas generosas que encarnen el estilo del Buen Pastor: cercanos, disponibles, comprometidos con los más necesitados y testigos del amor de Dios en medio del mundo.
Finalmente, esta celebración nos invita a renovar nuestra propia vocación como cristianos, recordando que todos estamos llamados a ser reflejo del amor del Buen Pastor en nuestras comunidades. Siguiendo su ejemplo, somos enviados a acoger, acompañar y servir, construyendo espacios donde la vida, la esperanza y la fe puedan florecer.
Que este Domingo del Buen Pastor fortalezca en todos nosotros el deseo de seguir a Cristo, puerta de salvación y pastor que nos conduce a la vida en abundancia.
Referencia: Catholic