
Por P. Aldo
En el Evangelio de Juan encontramos algunas de las confesiones de fe más profundas del Nuevo Testamento. La de Pedro en Cesarea de Filipo —“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”— suele ocupar un lugar central en nuestra memoria creyente. Sin embargo, el mismo evangelista nos ofrece otra voz igualmente luminosa: la de Marta, la hermana de Betania, quien en medio del dolor por la muerte de Lázaro proclama con firmeza: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 11,27).
La tradición cristiana ha reconocido en estas palabras una verdadera profesión de fe. Pero, al contemplarla con atención, descubrimos una riqueza que muchas veces pasa desapercibida.
En el capítulo 2 de Juan, durante las bodas de Caná, Jesús realiza su primer signo: transforma el agua en vino. El evangelio concluye diciendo que, al ver el milagro, sus discípulos creyeron en él. La fe surge después del signo; el milagro abre el camino a la adhesión.
En Betania ocurre lo contrario.
Marta no ha visto aún la resurrección de su hermano. No hay todavía un desenlace esperanzador. El sepulcro sigue cerrado, el dolor permanece intacto y la ausencia de Lázaro pesa sobre la casa. Y es precisamente en ese contexto donde ella declara su fe. No cree porque Jesús haya obrado un prodigio; cree antes de que el milagro suceda.
Esta diferencia es decisiva.
La fe de Marta no depende de una demostración extraordinaria. No exige pruebas. No negocia con Dios una intervención inmediata. Su fe nace de la relación, de la confianza, del amor que ha experimentado en Jesús. Podríamos decir que Marta representa la madurez del creyente: aquella fe que permanece incluso cuando las respuestas no llegan y cuando la realidad parece desmentir la esperanza.
Más aún, el relato sugiere que esa fe prepara el terreno para el milagro. La palabra confiada de Marta abre un espacio donde la vida puede volver a irrumpir. La resurrección de Lázaro no es un espectáculo destinado a convencer incrédulos; es la manifestación de una presencia divina acogida previamente por el corazón creyente.
En un tiempo marcado por la incertidumbre, la fragilidad y el deseo constante de señales visibles, la figura de Marta adquiere una actualidad sorprendente. También nosotros quisiéramos muchas veces ver primero para creer después. Esperamos soluciones inmediatas, evidencias claras, seguridades palpables. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que la fe más fecunda no siempre nace del milagro, sino que, con frecuencia, es la fe la que hace posible reconocer la acción de Dios en medio de la vida.
Para la Familia de Santa Marta, esta escena de Betania constituye una verdadera escuela espiritual. Nuestra vocación no consiste solo en anunciar a Cristo cuando todo parece resuelto, sino en permanecer junto a las personas allí donde el dolor, la pérdida o la incertidumbre parecen cerrar el horizonte. Marta nos enseña que creer es seguir diciendo “tú eres el Cristo” aun cuando la piedra del sepulcro todavía no ha sido removida.
Quizás esa sea la gran noticia de este Evangelio: Dios no espera una fe nacida de la evidencia, sino una fe sostenida por el amor. Y cuando el amor cree, incluso antes de ver, la esperanza comienza ya a resucitar.