
Con el inicio de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a vivir un tiempo de gracia y conversión, preparación profunda para la celebración de la Pascua del Señor.
Desde el siglo II, los cristianos se preparaban para la Pascua con dos días de ayuno y penitencia. Con el paso del tiempo, estas prácticas se extendieron a toda la Semana Santa y, ya en el año 325, el Concilio de Nicea reconocía un período de 40 días de preparación, siguiendo el modelo de Jesús, quien pasó 40 días en el desierto. Este número también recuerda los 40 años del pueblo de Israel en el desierto, los 40 días de ayuno de Moisés en el Sinaí y los 40 días de Elías en el Horeb.
En sus inicios, la Cuaresma comenzaba seis domingos antes de la Pascua; sin embargo, como los domingos no eran días de ayuno, en el siglo V se ajustó el calendario y más tarde se anticipó su inicio cuatro días, dando origen al actual Miércoles de Ceniza.
Antiguamente, este tiempo marcaba también el comienzo de la penitencia pública para quienes habían cometido faltas graves. Tras recibir la ceniza, recorrían la ciudad con vestiduras penitenciales, recordando la expulsión del Paraíso, y eran reconciliados el Jueves Santo. Aunque esta práctica disminuyó hacia fines del primer milenio, la imposición de la ceniza permaneció como signo para todos los fieles. Desde el siglo XII, se adoptó la costumbre de obtener las cenizas quemando los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior.
El llamado del Evangelio
En el Evangelio según San Mateo (Mt 6,1-6.16-18), Jesús invita a vivir la limosna, la oración y el ayuno desde la autenticidad del corazón, no para ser vistos por los demás, sino desde lo secreto, donde el Padre ve y recompensa. Es un llamado a una fe sincera, libre de apariencias y centrada en la relación personal con Dios.
Del Evangelio según San Mateo
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mt 6,1-6.16-18)
El desierto hoy
La Cuaresma es memoria de los 40 días de Jesús en el desierto, tiempo de prueba y fidelidad. Hoy, nuestros desiertos no siempre son de arena y soledad; pueden ser el cansancio, la incertidumbre, las dificultades cotidianas o la aridez interior. Este tiempo nos enseña a evitar los atajos fáciles y a aprender a discernir lo esencial, poniendo nuestras prioridades a la luz del Evangelio.
Oración, ayuno y caridad
La Iglesia propone tres caminos concretos para vivir la Cuaresma: la oración, el ayuno y la caridad.
La oración nos ayuda a recuperar el silencio y a escuchar la Palabra de Dios. El ayuno nos invita a renunciar a aquello que nos llena superficialmente, pero no sacia el corazón. Y la caridad se convierte en fruto natural de un corazón que aprende a amar como Dios ama.
Más allá de la abstinencia de ciertos alimentos, el verdadero ayuno implica también renunciar al egoísmo, a la desconfianza, al odio, a la indiferencia y a las falsas seguridades. Es un ejercicio de libertad interior que nos abre a la misericordia y a la fraternidad.
La Cuaresma, definida como “la vida a escala”, es una oportunidad para detenernos, volver a lo esencial y preparar el corazón para la alegría de la Resurrección. Es un camino que, desde la humildad y la confianza, nos conduce a renovar nuestra fe y a vivir con mayor autenticidad el amor de Dios en nuestra vida cotidiana.







